
Que el calentamiento global nos tiene locos, que Enap derrama petróleo en la bahía de Talcahuano, que algunos rellenos sanitarios derraman (maliciosamente al parecer) líquidos percolados, que Celco se pasa por cierta parte trasera todas las normas sanitarias y ambientales, que Pascualama ya ha destruído aproximadamente el 70% de los glaciares Toro I, II y La Esperanza (sólo con las labores instalación y exploración), etc, etc. ¿Algo nuevo?
Hace 40 años aproximadamente, en varios lugares costeros de la provincia de Arauco y del sur de la provincia de Concepción -según me han contado mi abuelita y mi papá, quienes vivían en Colcura- era costumbre salir algunas tardes a recoger los palitos y astillas que las olas iban depositando en el borde del mar, para usarlos en las cocinas a leña o en las salamandras. ¿Sabia naturaleza que provee al hombre de materias esenciales para su subsistencia?
"En 1968, con el fin de aprovechar las condiciones naturales favorables para la actividad forestal
y dar un impulso al desarrollo social y económico de una zona deprimida como lo era la Provincia de Arauco, la Corporación de Fomento de la Producción, CORFO, con la cooperación económica y técnica del Consorcio anglo-americano Parsons & Whittemore crea Industrias de Celulosa Arauco S.A., una moderna planta de celulosa blanqueada capaz de utilizar el recurso forestal en toda su capacidad". Así narra la
empresa Arauco su llegada al golfo del mismo nombre.
Hace un par de semanas paseaba justamente con mi papá y mi abuelita por la playa de Laraquete. Enorme costa que un tanto por el invierno y otro tanto por las décadas de contaminación (es importante señalar que los kilos de basura que hay en la arena no son responsabilidad de la celulosa), da una sensación de agonía que no parece disolverse en la inmensidad del océano. Muchos de los palitos y astillas siguen ahí, quizás recordándonos que el daño ya está hecho, ya que como dice Mario Vargas Llosa en
Historia de Mayta "lo que ha hecho el hombre, en cambio, es feo".