
Espero no ser el único en este país que está cansado de los calculillos políticos al momento de tomar decisiones importantes para chilito.
El 16 de mayo de este año fue rechazado por la Cámara de Diputados el proyecto de ley que pretendía dar a los chilenos residentes en el extranjero la posibilidad de sufragar en todas las elecciones populares de nuestro país, incluyendo los, a estas alturas, utópicos plebiscitos.
Las razones que dan los autores del
proyecto del ley tienen que ver con seguir (somos tan originales) la tendencia de las democracias modernas, evitar la discriminación y fortalecer los vínculos identitarios de nuestro compatriotas que viven en otras tierras.
Sin duda alguna, gran parte de la inmensa cantidad de chilenos que actualmente viven fuera del país tuvo que emigrar por la fuerza, arrancando para salvar sus vidas o en busca de oportunidades que en la trágica década del 70 no existían en su tierra natal. Profunda herida que hasta el día de hoy genera divisiones, odios y rencores. Pero lamentablemente pocos aprendizajes internalizados.
Aclaremos un poco el panorama: la derecha política (ahora no les gusta que les digan derecha sino que "alianza") no tiene ni la más mínima intención de que los chilenos que hace décadas residen fuera de Chile puedan votar en nuestras elecciones. Las razones son claras: son votos que en su mayoría irían hacia la actual centro izquierda (socialismo renovado suelen llamarle). Por lo mismo y porque quiere perpetuarse en el poder a toda costa, la Concertación, al apoyar (y darle urgencia desde la Presidencia) el proyecto de ley, dice abrazar los ideales de la integración nacional a través de un pseudoprogresismo. Al final del día, a nadie le importa realmente lo que tiene que ver con la participación, sino que sólo importa el suma y resta de los votos.
Tratando de ir un poco más allá, creo que es importante decir lo siguiente: Miles de chilenos que viven en el extranjero recuerdan cada día su patria (pues en su mayoría mantienen lazos afectivos en ella), hacen empanadas y mote con huesillos para el 18 y bailan cueca con la pasión con la que algunos por acá bailan el koala. Y una realidad no menos importante es que estas personas echaron raíces en la tierra que los acogió y en ella tienen plenos derechos como ciudadanos. Por lo tanto, ¿será justo que el voto de una persona que hace su vida en el extranjero tenga el mismo valor que el de otra que vive, trabaja, paga impuestos y (lo más importante) se ve directamente afectada por las determinaciones que se tomen para Chile? ¿Debería, alguien que vive en Suecia, Alemania o Canadá; tener el mismo derecho de elegir al Alcalde de la comuna X, que un habitante de la comuna X?
A mi juicio hay casos especiales que se deberían considerar: muchos compatriotas están fuera del país de manera momentánea, ya sea por trabajo, estudio, etc. Otros, a pesar de vivir hace décadas en el exterior, viajan a nuestro país con diversas frecuencias. Para estos chilenos se podría haber establecido, por ejemplo, un mínimo de estadías en nuestro país en determinado espacio de tiempo. Algo de esto se esbozó en la discusión parlamentaria, pero la idea no llegó a buen puerto.
Y, finalmente, los cálculos políticos pesaron más que la cordura y las ideas claras. Lo que para muchos chilenos resulta ser una materia de suma importancia, fue ensuciado por los intereses político-partidistas. Así, no llegaremos muy lejos.